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Opinión de Lectores:
Che
Guevara a Horcajadas en una Motocilceta
Por: Napoleón Lizardo
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Miami
(EEUU), Mayo de 2005
Che Guevara a horcajadas en una motocicleta: Robert Redford's
Production.
El izquierdismo no descansa. Ahora otro de los Hanoi, el
Robert Redford que nunca cambió la despreciable libertad en
Estados Unidos por los merengues moscovitas, se gastó el dinero
para redibujar la imagen al mismo Che Guevara que ordenara fusilamientos
en La Habana del '59 sin más juicios que con los gestos de
sus manos. La vanalidad del Redford no le permite sino financiar a
cuanta cara masculina supone él a la altura de la que le propagandizó
hollywood. Ocurre que cuando ya no queda de donde sacar argumentos
para defender al comunismo fracasado, cuando los crímenes cometidos
por esa facción siguen a flote tras cada paletada de tierra
allá por eslavia, viene a producir este retoque del argentino.
Por más que indagué, ninguno de los veedores de Diarios
de motocicleta quiso adelantarme sobre las intenciones que recoge
esta cinta en cada una de sus pulgadas. Se juntaron unos
cuantos intereses en producir para cine un supuesto diario del monstruo
que participó del experimento cubano, para ponerlo sobre una
motocicleta y amigo atachado, a recorrer la América de sus
23 años, a repartir jucicios de argentino inteligente, entre
toda la indiada que se toparían por el camino; fue un viaje
para volvernos a hablar de los males capitalistas aunque el simpático
hurto de los pomos de leche dejados por ese mundo en los portales
caseros nos recuerde un elemento desaparecido de la faz cubana; el
infierno que él contribuyó a fabricar en la isla, ni
siquiera garantiza ese alimento pasado por agua, a niños más
allá de los 7 años.
Este Guevara que nos reconstruye el otro Hanoi --recordar a la hija
de la Jane Fonda--, es incapaz de mentir en la película,
con su cara de ángel pretende subsistir para la saudade post
desmerengue, se tira a la chica que le cae en manos, en el asiento
trasero de un auto tan a la usanza pequeño burguesa
de la generación Redford, como para acentuación de hombría
y buscar taquilla.
Se hace un poco de justicia en cuanto a la perspectiva con que se
enfoca al chileno promedio; éste, aunque se deja estafar por
la jerga de los inteligentes, por lo menos se le observa capaz en
cuanto a poseer negocio propio, e incluso se refleja a sus mujeres
con recursos económicos para pagarse a sí mismas ratos
solaces. No le faltan al filme el punto y coma de los guevones, ni
la caca de aquellos que aspiran aún a un primer-mundismo, ni
el humor peruano en calificarse así mismos de incas, y a los
españoles de la conquista, de inca-paces.
Este
mismo personaje que en Cuba decidió sobre vida y hacienda de
cuánta madre fuera a suplicar vanamente por la libertad de
sus hijos, el mismo que se desmerengó cuando le capturaran
vivo, el mismo con cuyo rostro la izquierda vende pull-overs a diestra
y siniestra, se da el lujo en la película de hacer reflexiones
filosóficas, y ensaya una perspectiva humanística al
practicar la profesión de médico de la que nunca se
graduó.
El
filme es una oportunidad muy fugaz de disfrutar de algo de la naturaleza
suramericana. La vista del machu picchu es un regalo para los amantes
de la tradición histórica, si quitamos al tercermundista
de marras de la escena. Es agradable conocer aunque sea de corrida
un poco de la geografía de la américa hispana.
Napoleón Lizardo
Literatura Cubana en el Exilio
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