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    Opinión de Lectores:

    La Corrección Política para una
    Democeracia Malograda


    Por: Manuel Villacorta*

    Bogotá D.C., Abril de 2005


    GUATEMALA:

    El 14 de enero de 1986 la sociedad guatemalteca presenció el ascenso democrático de un presidente civil, después de tres décadas de autoritarismo militar. A excepción de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), agrupación insurgente que optó por la lucha armada para intentar alcanzar el poder, todas las organizaciones políticas pactaron por preservar la democracia formal y los procesos electorales como medio legal para disputar periódicamente los puestos públicos sujetos a elección popular. Una década después, la URNG renunciaba a la lucha armada para insertarse dentro del esquema partidario, argumentando representar a cuantitativos sectores sociales tradicionalmente excluidos. 1986 y 1996 por tanto, representaban para la cronología nacional memorables logros, prometedores de un cambio político urgente e impostergable.

    Nada mas que ilusiones. Hoy, Guatemala vive una de las crisis generalizadas más aberrantes de toda América Latina. Una economía dual, en donde la concentración de la riqueza en pocas manos contrasta con una pobreza desenfrenada que humilla a más de tres cuartos de la población, especialmente a los habitantes del área rural. Una sociedad sin rumbo y sin propuestas, afligida por la violencia canibalezca en donde la lucha por la sobrevivencia se torna como único vector. Un régimen político agonizante, herido por la incapacidad reiterada de administración en administración, y por la brutal corrupción que degeneró al Estado, fragilizando su fortaleza financiera y desprestigiando las instituciones hasta el colmo.

    Un cuarto de siglo sin avances, tiempo que no recuperaremos jamás. Tiempo que ha marcado con sufrimientos y desencuentros a millones de guatemaltecos. Nada podrá resarcir esos efectos. ¿Y qué es lo que sigue? De persistir el actual estado de la situación referida, todo indica que una agudización de la crisis, que habrá de impactar contra el núcleo de los afectados, para producir la exacerbación del descontento social, preludio a la anarquia que en efecto, ya se deja sentir en todo el país.

    ¿Hay alguna solución todavía? Si, pero las garantias de su funcionalidad son escasas mientras no se articule la estrategia cualitativa para enfrentar la situación. La solución radica en la inmediata irrupción de un nuevo liderazgo político, forjado en el conocimiento científico de las causas que impiden el desarrollo integral de nuestra nación, en la capacidad para formular y operar eficientes políticas públicas de emergencia. Un nuevo liderazgo inmune a las miserias de la corrupción.

    Guatemala merece salir de ese dantesco túnel en el que la han sumergido irresponsables herejes, que con la explotación económica o la corrupción, han socavado los cimientos de lo que un día fue el ideal de república para todos. En nombre de los millones de jóvenes e infantes que merecen una vida digna y en memoria a grandes hombres y mujeres que han dado su obra y su vida por Guatemala, articulemos a través de nuestros mejores esfuerzos ese compromiso político por la imposición de un cambio de ruta impostergable.

    Todo presidente es responsable directo del régimen que le releve. El presidente Berger en quien recae constitucionalmente la mayor responsabilidad por la conducción del país, debe estar consciente de esta realidad. Ya transcurrió un tercio en el tiempo de su mandato, y a pesar de sus indudables buenas intenciones, la insatisfacción social se incrementa cada vez más. La responsabilidad inmediata del presidente Berger es no favorecer nuevamente a grupos políticos fomentados por los intereses particulares internos. Estos jamás podrán gobernar con eficiencia a Guatemala a partir de su carácter sectorial y sus particulares objetivos. Grande es ya el riesgo de que surja otro excéntrico espécimen político que con su habilidosa demagogia se haga del poder. Si Cerezo Arévalo hubiese hecho un buen gobierno jamás habríamos tenido a un Serrano Elías. Si Arzú Irigoyen hubiese hecho un buen gobierno, jamás habríamos tenido a Portillo Cabrera. Nunca debe el presidente Berger olvidar lo anterior, y si lo hace, que con constancia se lo recuerden quienes le rodean.

    Un nuevo liderazgo político para una democracia malograda, es la única solución. Trabajar para detectarlo, unificarlo y apoyarlo es ahora la tarea de quienes en verdad poseen el poder.

    _________
    *Manuel Villacorta, doctor en sociología política.
    http://www.geocities.com/manuelvillacorta/doctor.html

     


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