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    Opinión de Lectores:

    Madrid, Cundinamarca

    Por: Ivonne Sanchez

    Granada (España), Marzo de 2005

    Siendo muy pequeña, menos de un metro de altura me separaba del suave manto verde de la Sabana de Bogotá. Mis juguetones pies corrían las praderas y los campos de mi bello paisaje del Altiplano. Más de un día llegue del colegio con los zapatos encharcados por el agua de Abril o Mayo, y siempre deseaba que llegara el fin de semana, para ir con mis abuelos, mis tíos y mis padres a ese lugar tan especial, que todos recordaban con añoranzas: Madrid – Cundinamarca de mi Colombia vital.

    La parada del asado, ternera a la llanera, al filo de la carretera que unía a Madrid con Fontibón, los pan de yucas calientes, las almojábanas tostaditas, todo me sigue oliendo en la mente. La sensorial memoria no me traiciona, cierro los ojos y regreso a ese pasado de 40 años atrás. Cuando todavía ir a Madrid, significaba asueto, lejanía, distancia, recreo, y domingo sabanero.

    Muchas veces recaló mi infancia en ese pueblito pequeño, y en el camino mi Abuelo contando historias, de los viejos tiempos, mi Padre, recorría con su mirada la carrilera;- Por aquí pasaba el tranvía que nos llevaba al colegio- nos indicaba cada vez que volvíamos al lugar.

    En el viejo coche al final cruzábamos el pueblo más hacia el sur, y allí abajo donde se terminaba el potrero, la cerca y un pequeño rancho, arriba nos quedaba el reto, de subir al monte para divisar a Madrid como una perla blanca sobre su extenso verdor como un paño de terciopelo. Subir hasta piedra petaca, respirar hondo y fresco era lo más sano que mi Abuelo nos podía dar como regalo los domingos de vacaciones en ese campo cercano y a la vez lejano.

    Pasaron los años, y llego la juventud, los tiempos cambiaron y también nos fuimos lejos a vivir más lejos, otras eran nuestras inquietudes, y no volví a Madrid, en casi 40 años.

    Por casualidad de la vida, este año pasado, regresé a Colombia, a Cundinamarca y a Madrid; con ruana y mochila, tratando de rescatar en mi memoria el olor de aquel pueblo de antaño.

    Por más que busque el monte hacia el fondo del pueblo, se me perdió la mirada, sin encontrar mí monte, ni la piedra petaca la cual conquiste hace décadas en el desafío de crecer hacia arriba y hacia el cielo.

    Se creció el pueblito, hacia lo largo y hacia lo ancho, y el monte son casas, y en la plaza del pueblo, aun huele a humedad mañanera de rocío de campo y de tierra Cundinamarquesa.

    Allí sentada frente a la Alcaldía, vi; portones y los balcones, la gente, y los niños, casi mimetizados en costumbres y ambientes, Madrid, ya casi dentro de Bogotá, más cerca que nunca a la capital, yo diría que parte lejana y allegada en su cordón umbilical, la carrilera, aun, permanece, así como la carretera que pasa por Fontibón hasta el centro.

    Quería contarles todo eso, porque no se debe olvidar, quienes somos, de donde venimos para poder entender nuestro papel en la vida, nuestra importancia, vital. Probablemente allá arriba en el monte de Madrid, yo ya estaba destinada a vivir en otras latitudes y longitudes distantes, pero les cuento amigos, que aun aquí donde estoy, cada vez que subo a la montaña, recuerdo aquel pueblo, recuerdo aquel aire, el aroma a fresco… y mi memoria evoca a la almojábana, que se me volvió pan, y el pan de yuca, saladilla, y la carne a la llanera, solo es jamón serrano, y la música, es flamenca; no hay bambucos, ni guabinas que me acompañen en la radio.

    Talvez los jóvenes de Madrid, aun no distingan entre estar en su pueblo o ser forastero en cualquier otro lugar. De eso si que se, porque mi corazón ha inmigrado, de pueblo en pueblo, buscando un pedacito de paz y encuentro, hasta que llegue a este pueblito de Granada en el que hoy vivo aquel recuerdo.

    Tuve que volver a Madrid, y regresar a Granada, para darme cuenta, que el pueblito esta aquí dentro de mi alma. Como en la canción o como en un verso, siempre lo llevo conmigo. Y ahora, cuido del pueblo en el que vivo, como si fuera mi Madrid de un sueño divino.

    Cuiden allí lo que aún tienen que algún día lo añorarán. No siempre es todo bueno cuando volamos a lo lejos y a lo alto, porque no todos somos cóndores, ni todos gorriones sabaneros. Aquí hasta tienen otro trinar.

    Cuiden de sus familias, sus vecinos sus calles, que es su hogar. No se empeñen subir más lejos, que todo eso que buscan en realidad esta dentro de cada cual.


    Desde Cájar – Granada con un abrazo celestial

    http://www.ivonne-art.com

     


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