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    La Historia del
    Portero del Más Allá

    Por Camilo Andrés Sánchez




    ..Edgar Mancera

    Madrid (Cund.), Septiembre, 2002

    Este chiquinquireño que labora hace más de diez años en el cementerio de Madrid, lleva intacta en su cabeza la historia de los difuntos de la última década. En sus manos se puede ver el maltrato de las herramientas que usa en el momento de efectuar los sepelios.

    Es una mañana de lunes como cualquier otra, ya son las 5:30 a.m. cuando Edgar Mancera, un chiquinquireño de 66 años, se levanta dispuesto a enfrentar el día por venir. Como todo ser humano del corriente tiene una familia para la cual vivir.

    Llegan las 8 de la mañana y Edgar se dirige al portón que separa la tierra de los vivos de la de los muertos. Su día laboral lo comienza haciendo un recorrido por el cementerio mientras recoge la basura y otros objetos que la gente deja mientras visita a sus difuntos.

    Entre abrir tumbas, limpiar escombros, hacer las exhumaciones a los cadáveres que ya tienen más de cinco años de descanso y esperar que sean las 5:00 p.m. para cerrar la verja que separa la vida cotidiana del municipio de Madrid del tranquilo descanso de los fallecidos inmersos en el sueño eterno, trascurre el día de don Edgar.

    Pero la vida en un cementerio también tiene sus historias, como la que ocurrió en 1993, cuando encontró una bóveda abierta, y delante de ella un cofre destapado con los huesos de un difunto al cual le habían quitado una platina que tenía en una de sus piernas. Inmediatamente don Edgar fue a poner la denuncia.

    Según él, lo que esta gente hizo no es más que un acto de maldad ya que no tiene sentido hacer una exhumación por una platina que realmente no le sirve a nadie. "Los que hicieron eso no tienen perdón de Dios" afirma don Edgar quien, a pesar de sus 66 años de edad, recuerda con furia los hechos de 1993.

    Pero no toda la vida de este personaje ha girado en torno a los temas de ultratumba. Antes de ser sepulturero se dedicaba a la agricultura, a trabajar en fincas e incluso a administrarlas. También es común que los domingos se le vea departiendo con su familia disfrutando del único día de descanso que tiene en la semana.

    Él recuerda la gestión del padre Guillermo quien, durante su estancia como párroco de Madrid, hizo una labor de remodelación del cementerio, en la cual Edgar colaboró con la restauración de tumbas y el arreglo de céspedes.

    En sus ya 10 años de labor, don Edgar ha sabido ganarse el afecto de los madrileños tal como lo afirma Elvira Alarcón, visitante del cementerio, quien lo saluda y exalta su actividad como trabajador y persona.

    El rostro de don Edgar deja ver el paso de los años y sus manos curtidas demuestran que su vida no es fácil. En su mano izquierda una pala y en la derecha un balde lleno de herramientas demuestran que no hace falta ser joven para poder trabajar, simplemente bastan las ganas de servir en un país donde las oportunidades son cada vez menos.

     


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